miércoles, 9 de julio de 2025

De la Reconstrucción a la Reconciliación Nacional. Una tarea pendiente

 A lo largo de su historia republicana, el Perú ha atravesado momentos críticos que han puesto en cuestión no solo la estabilidad de sus instituciones, sino también los fundamentos del vínculo entre el Estado y la sociedad. Entre estos momentos, dos procesos marcan hitos claves en la formación del imaginario nacional: la Reconstrucción Nacional de fines del siglo XIX, luego de la guerra con Chile, y el proceso de Reconciliación Nacional iniciado tras el conflicto armado interno de 1980-2000. El primero, conceptualizado por el historiador Jorge Basadre, alude a una etapa de recuperación institucional, económica y moral del país tras la derrota y ocupación, y dio lugar a las primeras grandes reflexiones sobre el desarrollo, la ciudadanía y la nación. En ese contexto surgieron las bases ideológicas de los partidos políticos modernos del siglo XX, con figuras como Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y Victor Andrés Belaúnde, quienes, desde distintas visiones, propusieron proyectos de país con vocación integradora.

El segundo proceso, la Reconciliación, se refiere al esfuerzo de verdad, justicia y memoria impulsado tras dos décadas de violencia política. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) buscó no solo esclarecer los hechos ocurridos durante el conflicto armado, sino también sentar las bases para una convivencia democrática fundada en el reconocimiento del otro, la dignidad de las víctimas y la no repetición de la violencia.

El Perú se encuentra nuevamente ante una encrucijada histórica y más aún ante un próximo proceso electoral. La inestabilidad política persistente, marcada por enfrentamientos entre poderes del Estado, sucesivas crisis de gobernabilidad, y la incapacidad del sistema político para articular una visión compartida de futuro, ha evidenciado la ausencia de condiciones básicas para el funcionamiento de una democracia sólida. La división de poderes se encuentra debilitada; los partidos políticos han perdido su capacidad de representar y organizar a la sociedad; y la ciudadanía expresa, cada vez más, una mezcla de desencanto, apatía y desobediencia civil. En este escenario, se hace urgente no solo una respuesta institucional, sino una reflexión profunda desde las ciencias sociales sobre la necesidad de retomar los grandes hilos que tejieron los procesos de reconstrucción y reconciliación en nuestra historia nacional.

Nuestra perspectiva es que la actual crisis no debe entenderse únicamente como un colapso institucional, sino como un vacío de sentido colectivo. A partir de ello, debemos pensar el presente como un nuevo ciclo histórico que exige tanto reconstrucción, en el sentido basadrino de redefinir un horizonte de país mediante el fortalecimiento institucional y la creación de partidos con vocación nacional, como reconciliación, entendida no como clausura del conflicto, sino como posibilidad de restaurar el tejido social y simbólico a través del reconocimiento, la inclusión y la memoria activa. Exploraremos los vínculos entre crisis política, desafección ciudadana y fragmentación social, con el objetivo de abrir una agenda crítica para el futuro democrático del Perú.


I. Crisis democrática y ausencia de proyeco nacional

La inestabilidad política que atraviesa el Perú no es solo el reflejo de disputas coyunturales entre actores del poder, sino la expresión de una crisis más profunda: la desarticulación del proyecto nacional como referente común. En medio de escándalos de corrupción, uso mafioso de las instituciones, intentos recurrentes de vacancia presidencial y una ciudadanía cada vez más distante de la esfera política, el país parece haber ingresado en una etapa de desconexión estructural entre sociedad e instituciones. No estamos frente a una simple crisis de representación, sino ante el agotamiento del modelo político fundado en la transición democrática del año 2000, cuyo horizonte —la institucionalización de la democracia — ha dejado de responder a las demandas sociales más urgentes: igualdad, reconocimiento, justicia y sentido de comunidad.

Uno de los síntomas más visibles de este agotamiento es la debilitación progresiva de la división de poderes. El Ejecutivo y el Legislativo, lejos de actuar como contrapesos funcionales, han sido escenario de enfrentamientos que paralizan la acción del Estado. La judicialización de la política, el uso instrumental del Tribunal Constitucional y el descrédito del sistema electoral han contribuido a minar la confianza en el Estado de derecho. A la vez, la inestabilidad y precariedad del liderazgo político han hecho inviable la planificación de políticas públicas sostenibles o de mediano plazo.

A ello se suma la crisis del sistema de partidos. Las organizaciones políticas actuales carecen de programas ideológicos claros, bases sociales organizadas o estructura territorial significativa. Funcionan, en muchos casos, como instrumentos electorales al servicio de intereses personales o corporativos. Este fenómeno no es nuevo, pero ha alcanzado niveles alarmantes en la última década. La debilidad partidaria impide construir canales estables de diálogo entre el Estado y la sociedad, y priva al país de una oferta política capaz de representar los intereses diversos de la ciudadanía. A diferencia de los partidos fundados en la primera mitad del siglo XX —como el APRA, Acción Popular o el socialismo mariateguista—, los actuales no ofrecen un horizonte ético ni un proyecto de país inclusivo, y están desvinculados de las experiencias históricas de lucha, identidad o reforma social que en otros tiempos dieron sentido a la acción política.

Desde una perspectiva de las Ciencias Sociales, este panorama puede entenderse como el resultado de una triple fractura: una fractura institucional (pérdida de legitimidad del Estado), una fractura social (aumento de la desigualdad, informalidad y exclusión estructural), y una fractura simbólica (ausencia de narrativas compartidas que den sentido a lo colectivo). Estas fracturas pueden aricularse con el concepto de sociedad desformal desarrollado por el sociólogo franco-peruano Danilo Martuccelli, quien señala que vivimos en un tiempo en que las formas institucionales, legales y simbólicas que antes organizaban la vida social se han debilitado o han perdido eficacia como marco regulador de las conductas individuales y colectivas.

Martuccelli plantea que, en contextos como el peruano, la normatividad formal —sea legal, política o cultural— ha sido desplazada por arreglos pragmáticos, informales y fragmentarios, lo que produce una experiencia cotidiana de desorientación, incertidumbre y desconfianza generalizada. Esta desformalización no significa la ausencia de normas, sino su disolución como referencia legítima, coherente y compartida. Las reglas existen, pero no son respetadas ni creídas; las instituciones operan, pero sin generar sentido o autoridad; los discursos circulan, pero sin traducirse en acción colectiva coherente. Esta condición configura una sociedad donde cada individuo debe inventar, negociar o improvisar su lugar en un mundo sin referencias estables.

En este marco, el Perú aparece como un laboratorio de esta sociedad desformal: un país con instituciones formales, pero sin institucionalidad efectiva; con elecciones periódicas, pero sin representación legítima; con crecimiento económico, pero sin cohesión social; con libertad de expresión, pero sin deliberación democrática. El resultado es una ciudadanía atrapada entre el desencanto y la incertidumbre, y un Estado que actúa más como escenario de disputas que como orientador de una voluntad colectiva.

Esta situación exige repensar el significado de la democracia en el Perú más allá de su dimensión procedimental. La democracia no puede limitarse al voto o al cambio periódico de autoridades. Requiere un soporte institucional fuerte, pero también un proyecto compartido de país, construido sobre la base de la inclusión, la equidad y el reconocimiento mutuo. En ese sentido, el llamado a una nueva reconstrucción nacional implica no solo reformas normativas o técnicas, sino una reconstrucción ética, cultural y simbólica que permita articular nuevamente a la sociedad en torno a un horizonte común.


II. Memoria, Justicia y Reconocimiento

Si el concepto de Reconstrucción Nacional remite a la necesidad de rehacer las bases del Estado y del proyecto político luego de una catástrofe como la guerra con Chile, el término Reconciliación Nacional, en el caso peruano, nos remite a un proceso aún más complejo: el de sanar las heridas provocadas por el conflicto armado interno vivido entre 1980 y el 2000. Este proceso, impulsado desde la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), no se limitó al esclarecimiento de hechos violentos o a la contabilización de víctimas. Su aporte más profundo fue el intento de confrontar, como sociedad, las causas estructurales del conflicto: desigualdad, exclusión, racismo, centralismo y debilidad institucional.

En su informe final, la CVR sostuvo con claridad que el conflicto no fue solo el resultado del accionar de grupos armados como Sendero Luminoso o el MRTA, sino también de un Estado históricamente indiferente a vastos sectores de la población, especialmente indígenas, campesinos y pobres de las zonas rurales andinas y amazónicas. La violencia fue posible, y en muchos casos tolerada, por una sociedad fragmentada, jerárquica y desigualmente valorada. La reconciliación, por tanto, no podía plantearse como una simple “vuelta a la normalidad”, sino como un proceso ético y político de transformación.

Este proceso puede ser comprendido como un intento de construcción de memoria colectiva, de restitución del lazo social y de reapropiación del sentido de ciudadanía. La CVR propuso una forma de democracia que no solo se construye en las instituciones, sino también en la capacidad de una sociedad para mirarse críticamente, asumir responsabilidades compartidas y reconstruir la dignidad de quienes fueron históricamente invisibilizados. En este sentido, el proceso de reconciliación abrió un horizonte de posibilidad que, aunque nunca se consolidó plenamente, ofrece claves fundamentales para comprender y afrontar la crisis actual.

Las fracturas sociales que hicieron posible la violencia política siguen vigentes, e incluso se han acentuado bajo nuevas formas. El discurso político está atravesado por estigmatizaciones, exclusiones y deslegitimaciones mutuas que remiten, en el fondo, a la dificultad de reconocerse como parte de un mismo cuerpo político. La negación del otro —sea este el “pueblo ignorante” o las “élites corruptas”— se ha vuelto cotidiano en el debate público. En este clima, pensar en una reconciliación no es un gesto de ingenuidad, sino una necesidad urgente.

Reconciliar no significa olvidar ni imponer consensos forzados. Significa, más bien, construir condiciones para la coexistencia en la diferencia, y para el reconocimiento mutuo en una sociedad profundamente diversa y plural. Implica también recuperar el valor de la escucha, del diálogo y de la deliberación, hoy desplazados por la lógica del enfrentamiento permanente.

Por ello, el proceso iniciado por la CVR debe ser reactivado no solo como ejercicio de memoria histórica, sino como marco ético para reconstruir lo político. La reparación simbólica y material, la justicia para las víctimas, la inclusión de las memorias locales y la dignificación del sufrimiento vivido son pasos aún pendientes, pero también son fundamentos necesarios para la reconstrucción de una democracia viva.

Más aún, en una sociedad desformal como la peruana, en la que las normas ya no organizan el sentido común ni las jerarquías institucionales gozan de legitimidad, la memoria y el reconocimiento pueden cumplir un papel estructurador: ofrecer una narrativa común que devuelva sentido a lo colectivo. En este sentido, el proceso de reconciliación debe ampliarse más allá de su marco transicional, para convertirse en un principio político de convivencia duradera.


III. Hacia una nueva agenda nacional

Frente al panorama de descomposición institucional, crisis de representación y desafección ciudadana que atraviesa el Perú, surge con fuerza la necesidad de plantear una nueva agenda nacional que articule dos procesos profundamente entrelazados: la reconstrucción institucional del Estado y la reconciliación social de la nación. Esta agenda no puede construirse desde una lógica exclusivamente tecnocrática ni desde reformas de corto plazo. Exige repensar el pacto social fundacional sobre el cual se construye la democracia, y abrir un espacio para que nuevas voces, memorias e identidades participen activamente en el diseño del futuro.

Esta necesidad de reconstruir no implica solo rediseñar instituciones, sino recuperar su legitimidad como mediadoras del interés colectivo. Esto supone fortalecer el sistema de partidos desde sus raíces: impulsando la formación cívica, el trabajo territorial, la deliberación interna, la articulación programática y la apertura a nuevos liderazgos, especialmente de jóvenes, mujeres, pueblos indígenas y sectores populares que históricamente han sido marginados de la toma de decisiones y considerados insignificantes.

A la vez, reconciliar no puede ser entendido únicamente como una tarea del pasado. Es, sobre todo, una exigencia del presente. Implica reconstruir el tejido social dañado por décadas de desigualdad, violencia y exclusión. Significa crear espacios de reconocimiento mutuo, de diálogo intercultural, de memoria compartida y de justicia social efectiva. La reconciliación no debe quedar encerrada en los márgenes de los procesos de posconflicto: debe convertirse en un principio organizador del nuevo proyecto de país.

En este contexto, el concepto de sociedad desformal, propuesto por Danilo Martuccelli, cobra especial relevancia. La informalidad no solo es un fenómeno económico o jurídico, sino también cultural y político. El Perú se ha transformado en una sociedad donde las reglas ya no orientan comportamientos, donde las instituciones no generan confianza y donde la vida pública se caracteriza por la improvisación. Sin embargo, esta misma desformalización abre un campo fértil para la innovación política. Allí donde el viejo orden ya no estructura el sentido común, se abren posibilidades para nuevas formas de representación, organización y participación. La pregunta que se impone es: ¿qué nuevas formas de política pueden surgir desde esta informalidad creativa, desde esta ruptura de las formas heredadas?


Conclusión: del colapso al horizonte, la crisis como posibilidad.

Aunque el Perú atraviesa un periodo de caos, incertidumbre y desgaste institucional, no todo en este presente es colapso. También es un momento liminar, de transformación profunda, donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo aún no ha nacido. En ese sentido, esta crisis puede ser leída no solo como síntoma de decadencia, sino también como una oportunidad histórica para construir una identidad nacional más profunda, más plural y más democrática.

La experiencia histórica del país demuestra que los grandes procesos de transformación surgen en contextos de trauma colectivo. La Reconstrucción Nacional luego de la guerra con Chile no fue solo una tarea material, sino también simbólica: dio lugar a los primeros proyectos modernos de país. Del mismo modo, el proceso de Reconciliación posterior al conflicto armado abrió el debate sobre las deudas sociales y las exclusiones estructurales. Hoy, en medio de una crisis de régimen y de sentido, se abre la posibilidad de articular ambos legados: reconstruir las instituciones políticas mientras se reconcilia a la ciudadanía con su historia, su diversidad y su futuro compartido.

Desde esta perspectiva, el Perú tiene frente a sí el reto y la posibilidad de dar origen a una nueva generación política, a nuevas formas de hacer política, y a partidos que, lejos del oportunismo y la fragmentación, sean expresión de un país que se reconoce en su pluralidad, que aprende de su pasado, y que es capaz de imaginar un destino común.


lunes, 9 de abril de 2007

América Latina ante la Revolución Industrial y la Globalización


¿De qué manera se inserta América Latina en estos dos procesos? La respuesta requiere un estudio profundo, pero nuestra primera aproximación es que la inserción de América Latina en la Revolución Industrial se dio desde la periferia y hoy en día al insertarse a la globalización lo está haciendo en las mismas condiciones. ¿Qué es lo que pasó y que es lo que está pasando? ¿Qué lecciones podemos aprender de la Revolución Industrial que nos ayuden a vislumbrar salidas a aquella subalternidad a la que América Latina está sujeta?

Todo esto está marcado por el hecho que América Latina aún no se ha dado poco tiempo para pensarse a sí misma y definir una identidad particular sólida que marque su posición en el mundo. Desde la perspectiva socialista con Fidel y el Che Guevara a la cabeza y la teoría de la dependencia algunos pasos se han dado, pero se han queado estancados.

A lo largo del siglo XIX la mayoría de países latinoamericanos logró su independencia en términos políticos. Sin embargo, a nivel económico América Latina siguió asumiendo el papel de exportador de materias primas que generó inestabilidad, guerras y conflictos e indudablemente enriqueció a un pequeño grupo de oligarcas en cada nación. Las naciones latinoamericanas vivieron el vaivén del comercio internacional y sufrieron gravemente su inestabilidad y sus nocivos términos de intercambio.

En 1898 España perdió sus últimos territorios en América. Los EE.UU. se irguieron como la potencia del momento, desplazando lentamente a Inglaterra. La crisis del Imperio Británico y el surgimiento de los Estados Unidos generaron un nuevo momento de reflexión política y filosófica para América Latina. Esta es la época de la llamada segunda industrialización, en la cual se produce una crisis del capital inglés y un ascenso del capital norteamericano en el comercio y en la industria mundial. Estados Unidos, al transformarse en el centro económico y comercial del mundo, arrastró tras de sí a las economías exportadoras latinoamericanas. Se fueron soldando así una serie de nuevos compromisos ideológicos, políticos y económicos entre las elites latinoamericanas y el poder estadounidense. Sin embargo, hay que reconocer que la relación estadounidense latinoamericana ha permitido a ésta última ciertos márgenes de decisión y autonomía importantes, pues los términos de esta relación jamás serán los mismos que los de la situación colonial ni los del dominio inglés, ya que los espacios políticos logrados por las naciones latinoamericanas obligaron a una redefinición del papel político del centro mundial donde el juego político y el acuerdo con las elites latinoamericanas pasó a ser decisivo. Un claro ejemplo de esto en el Perú se dio en la época del guano, en donde los países industrializados tuvieron que transar con la elite peruana para poder explotar este recurso que era valiosísimo en la producción agrícola. De allí que una buena parte de los problemas de América Latina recaiga principalmente en las elites gobernantes y no exclusivamente en las fuerzas externas .

La industrialización latinoamericana supondría una emancipación y una competencia crecientes, pues América Latina ya tenía establecida una ubicación y era difícil modificarla. Se necesitaba la presencia de una burguesía industrial, pero lamentablemente ella era insignificante en esa época. No obstante, el proceso de industrialización se desarrolló manteniendo las economías agro-exportadoras o minero-exportadoras en lo fundamental .

América Latina se encuentra hoy, a inicios de la globalización, en una situación similar a la que pasó al iniciarse la industrialización, pues se están dando cambios importantes a nivel mundial que están modificando la manera cómo estaba organizado el mundo; hemos pasado de un mundo bipolar a un mundo multipolar en donde el destino del mundo se decide por el consenso de los distintos bloques de poder existentes; por eso, éste es un momento oportuno para reflexionar sobre lo que une a América Latina, y con una propuesta de conjunto poder posicionarnos de una manera diferente en este reordenamiento y poco a poco superar la condición de subalternidad.

La visión de que el capitalismo contemporáneo, conducido por las codiciosas y abusivas naciones occidentales en Europa y América del Norte, ha establecido reglas de comercio y relaciones empresariales que no sirven a los intereses de los pueblos más pobres del mundo nos está llevando a una la proliferación de los movimientos antiglobalización en todo el mundo. Creo que esta es una visión maniquea del problema y no va al fondo del asunto. El simple hecho de estar en contra o a favor de la globalización es ya un error porque la globalización es un proceso en curso que requiere una evaluación profunda y de la cual es posible aprovechar sus aspectos positivos.

En este sentido, coincido totalmente con la posición de Amartya Sen que dice que confundir la globalización con occidentalización no es sólo una visión antihistórica, sino que distrae la atención de los muchos beneficios potenciales de una interacción global. Él nos dice que la cuestión central de la disputa no es la globalización en sí, ni tampoco el uso de los mercados como institución, sino la falta de equidad en el balance total de los arreglos institucionales, lo que provoca una distribución muy desigual de los beneficios de la globalización. De esta manera, Sen es claro al señalar que la pregunta no es solamente si los pobres también ganarán algo con la globalización, sino si pueden obtener su parte justa de la ganancia y oportunidades igualmente justas. En este sentido, existe una urgente necesidad de reformar las disposiciones institucionales, al igual que las instituciones nacionales, con el fin de vencer los errores de omisión y de obra que tienden a dar a los pobres del mundo oportunidades tan limitadas.


Referencias:
  • Agusto Castro, Quinientos años mirando hacia fuera, ODYSSEUS, 1998.
  • Amartya Sen, ¿Cómo juzgar la globalización? La Jornada, México, Febrero 2002.

Globalización y Revolución Industrial


La comparación de estos dos proceso nos puede dar luces para comprender mejor el momento que estamos viviendo actualmente, salvando las distancias de época y de contexto, claro está.


El principal cambio que generó la Revolución Industrial fue el pasar de una economía agrícola tradicional a otra caracterizada por procesos de producción mecanizados para fabricar bienes a gran escala. Esta honda transformación comenzó en Gran Bretaña (1760-1830). Por aquella época, el perfeccionamiento de la máquina a vapor de Watt (1763), el telar mecánico de Cartwright (1785) y las innovaciones de la siderurgia , fueron inventos que dieron lugar a la concentración de la mano de obra en las fábricas , el crecimiento de los centros industriales, la división del trabajo y la aparición del capitalismo.

La Primera Revolución Industrial supuso una profunda transformación en la economía y sociedad británicas. Los cambios más inmediatos se produjeron en los procesos de producción: se transformó cómo y dónde se producía, e incluso lo que se producía. El trabajo se trasladó de la fabricación de productos primarios a la elaboración de manufacturas y servicios. El número de productos manufacturados se incrementó de manera espectacular gracias al aumento de la eficacia técnica. La aplicación sistémica de nuevos conocimientos tecnológicos y una mayor experiencia productiva favoreció la creación de grandes empresas en áreas geográficas reducidas. Esta Primera Revolución Industrial tuvo como consecuencia una mayor urbanización y, por tanto, procesos migratorios desde las zonas rurales a las zonas urbanas.

Los cambios más importantes que esta revolución dio lugar afectaron a la organización del proceso productivo. Las fábricas aumentaron su tamaño y modificaron su estructura organizativa. En general la producción empezó a realizarse en grandes empresas o fábricas en vez de pequeños talleres domésticos y artesanales, aumentó la especialización laboral. Su desarrollo dependía de una utlización intensiva de capital y maquinarias destinadas a aumentar la eficiencia productiva. La aparición de nuevas máquinas y herramientas de trabajo especializadas contribuyeron a incrementar los niveles de producción. La mayor especialización y aplicación de bienes de capital a la producción industrial creó nuevas clases sociales en función de quién contrata y quién tiene la propiedad de los medios de producción.

Como la Revolución Industrial se originó en Gran Bretaña, este país se convirtió durante un buen tiempo en el primer productor de bienes industriales del mundo. Sin embargo, durante los siglos XIX y XX se produce la llamada Segunda Revolución Industrial caracterizada tanto por el desarrollo de nuevas tecnologías físicas y químicas como por su expansión hacia otros países.

La Segunda Revolución Industrial florece en medio de la era de la energía eléctrica , que comienza con los descubrimientos de Michael Fáraday (1814), continúa con las aplicaciones prácticas de la química (utilización de los fertilizantes plásticos, celulosa, etc.) y la física, particularmente la nuclear, que rivaliza con la química en las aplicaciones prácticas. Como lo hemos mencionado, de la mano con esta Segunda Revolución Industrial se produce una expansión revolucionaria que le quita el monopolio a Inglaterra. Los estudiosos parecen estar de acuerdo en que Francia, Bélgica, Alemania y Estados Unidos experimentaron procesos parecidos a mediados del siglo XIX; en Suecia y Japón se produjo a finales del mismo siglo; en Rusia y en Canadá a principios del siglo XX; en algunos países de latinoamérica, Oriente Próximo (Asia central y meridional) y parte de África a mediados del siglo XX.

Cada proceso de industrialización tiene características distintas en función del país y la época. Al principio, la industria británica no tenía competidores. Cuando se empezaron a indutralizar otros países tuvieron que enfrentarse a la ventaja acumulada por Gran Bretaña, pero también pudieron aprovecharse de su experiencia. En cada caso, el éxito del proceso industrializador deprendía del desarrollo de nuevos métodos de producción, pero también de la modificación de las técnicas utilizadas para adaptarlas a las condiciones imperantes en cada país. Adicionalmente, el Estado juega un rol fundamental al promulgar legislación que reducía aranceles permitiendo a la importación de maquinarias a muy bajo costo. El lamentable costo social de esta política estatal es que perjudica a otros sectores sociales como los campesinos, que veían como sus productos debían competir con similares importados y más baratos. Lo cierto es que políticas públicas de ese tipo fueron importantes para el éxito industrial británico y mucho mayor aún en el caso alemán, ruso y japonés durante el siglo XX.

El proceso de globalización también está marcado por transformaciones económicas determinadas por avances tecnológicos. Hoy el cambio fuerte no se da en términos de los procesos de producción, pues aún el modelo económico imperante es el capitalista. El cambio fuerte de estos últimos 20 años es el increíble desarrollo de las tecnologías de la información que permiten una extensión de los mercados y las empresas a tal punto que sobrepasan las fronteras nacionales. Así como la Revolución Industrial no se puede entender sin tener en cuenta los grandes inventos anteriormente mencionados, la globalización no puede ser entendida sin dos grandes hechos: el gran desarrollo de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) y la mayor movilidad internacional de las personas . El inmenso poder con el que hoy en día cuentan reconocidas empresas transnacionales, es producto del impacto de estos dos hechos en sus procesos productivos.

El qué, cómo y dónde se produce ha cambiado drásticamente. Lo que producen las transnacionales de mayor influencia mundial, en su mayoría, son productos relacionados con el almacenamiento y procesamiento de información. Es muy significativo que, según un estudio realizado por la consultora Hay Group en el 2000, seis de las diez mejores empresas del mundo ofrecen productos relacionados a las comunicaciones . Además, en ese mismo año William H. III Gates fue el número uno en el ránking de las personas con más dinero en el mundo; esto es muy relevante, pues él es el creador del imperio Microsoft, empresa dedicada a la producción de software para computadoras, que en suma está orientado a almacenar y procesar información.

Si nos detenemos a observar el cómo, podremos ver que estas empresas ya no necesitan gran cantidad de obreros concentrados en un solo lugar, como en la época industrial, pues con computadoras, unos cuantos empleados lo suficientemente capacitados y obreros diversificados a lo largo del mundo a muy bajo costo pueden desarrollar sus procesos de producción mucho más barata y de mayor calidad. Finalmente, si nos fijamos en dónde se lleva a cabo este proceso, veremos que no existe un lugar específico, da lo mismo que sea China, India o Taiwán, lo importante es en qué lugar las persona están dispuestas a trabajar por un menor sueldo. La producción es por partes y en diferentes países; luego, estas partes se unen y dan como resultado el producto final.

En la globalización los cambios más importantes se están dando a nivel de conocimientos. Si bien la tendencia de los mercados y empresas a extenderse sobrepasando fácilmente las fronteras nacionales es un hecho eminentemente económico, éste está marcado por la fluidez y rapidez con la que hoy la información es enviada de un país a otro. No obstante el sistema que marca el paso de la economía mundial sigue siendo fundamentalmente el capitalista, heredado de la Revolución Industrial. El uso de capital y herramientas de trabajo especializadas de producción y la presencia de un mercado de bienes y servicios en el cual se llevan a cabo las transacciones de estos productos, siguen siendo elementos clave en la dinámica de la economía mundial, sin embargo las orientaciones son otras.

La preocupación ya no es el producir la mayor cantidad de productos en serie; en lugar de producir en cantidad, estas empresas se preocupan por la calidad y variedad de sus productos y en qué medida estos se ajustan a los gustos y necesidades de determinados grupos de personas. Los productos van dirigidos específicamente a las personas, aquella gran producción para las masas ha quedado fuera de lugar, acentuándose la concepción que el sujeto y objeto económico es individual y no colectivo.

En vista de que los cambios producidos hasta la fecha no han trastocado el corazón del sistema capitalista, podemos constatar que nos encontramos ante un proceso de globalización, sí, pero podría considerarse como una Tercera Revolución Industrial, marcada por el desarrollo de las TICs y la mayor facilidad de movilidad internacional.


Referencias:
  • "Revolución Industrial", Enciclopedia Multimedia Durvan
  • "Revolución Industrial", Enciclopedia Microsoft® Encarta®